martes, 26 de julio de 2016

Ni a las elites conviene vivir bajo escombros

Así como nadie sale ganando con la violencia, salvo quienes lucran con el dolor de los pobres, lo mismo puede decirse de un proceso político tendiente a reformar el Estado: se necesita partir de un relativo nivel de gobernabilidad para que pueda ser exitoso con el menor costo posible.

El cambio de régimen en 1983 por la tecnocracia harvardiana, observó esta premisa. De ahí que todavía sigamos sufriendo las consecuencias de su acceso al poder, aunque después de más de tres décadas su desgaste la esté llevando a un camino cuyo final no puede ser otro que una creciente inestabilidad y un desenlace sangriento.

Por eso Andrés Manuel López Obrador, dirigente nacional de Morena, tiene razón al puntualizar lo siguiente: “Nosotros no queremos construir el nuevo México a partir de escombros, tiene que haber autoridad y tenemos que llegar al 2018 con estabilidad, con paz social”. Escombros es lo que nos quiere legar la oligarquía con su antipatriótico modelo, depredador como nunca antes se había visto en México. Lo habría de lograr, sin duda, de no entender que el cambio que se necesita en esta hora no excluye a los empresarios, sino a quienes están profundamente comprometidos con sus mezquinos intereses particulares, obtenidos mediante la corrupción y el saqueo de las riquezas nacionales.

En la aleccionadora entrevista con Ciro Gómez Leyva, el líder más carismático de la izquierda contemporánea, demostró su visión de político con la madurez suficiente para adaptarse al curso de la correlación de fuerzas en un momento dado. Es evidente que al grupo mexiquense en el poder le interesa sobremanera llevar al país a niveles extremos de hartazgo, como una forma de provocar a las masas para que respondan con violencia espontánea y así justificar la represión que sobrevendría.

La imprudencia mueve cada uno de los actos de mayor impacto social y político del gobierno de Enrique Peña Nieto, como se advirtió casi inmediatamente a su arribo a Los Pinos. Como se dice coloquialmente: “llegó con la espada desenvainada”, con el único propósito de no perder tiempo en la consecución del programa neoliberal. Y vaya que lo consiguió, gracias al uso discrecional de los recursos públicos para ganar amplia mayoría en el Congreso y así pasar a los legisladores la responsabilidad de ser ellos quienes aprobaran las reformas estructurales.

Ahora les corresponde “desfacer el entuerto” porque fueron demasiado lejos, el inquilino de Los Pinos se lavó las manos y no les queda otro camino que dar marcha atrás a la mal llamada reforma educativa, como lo aceptó tácitamente Juan Carlos Romero Hicks, presidente de la Comisión de Educción del Senado. Dijo: “No nos asusta revisar la reforma; todas las normas deben modificarse y enriquecerse”. Destacó que el hecho de que “los maestros se sientan perseguidos y no beneficiarios de la reforma educativa, basta para que se revise en lo que tiene que ver con la evaluación”.

Cabe preguntarse por qué López Obrador considera que no conviene la derogación de tan controvertida reforma. En la entrevista con Gómez Leyva dijo: “Una derogación sería la claudicación del gobierno… y eso no nos conviene a nadie”. A continuación señaló: “El gobierno tiene que aceptar que se equivocó al no consultar a maestros y padres de familia”. Le queda la salida de echar la culpa al Congreso. Un gobierno derrotado, a la defensiva, es muy peligroso. Recuérdese que ese fue el caso del que encabezó Gustavo Díaz Ordaz y así nos fue con su autoritarismo y sed de venganza contra la juventud discrepante de su estilo personal de “gobernar”.

En este momento, el régimen tecnocrático es como una hiena herida bajo acecho de sus propios congéneres. Su respuesta es extremadamente violenta por su necesidad de sobrevivir. Paradójicamente, la cúpula oligárquica es el peor enemigo del equipo mexiquense, porque lo mira tan aislado de la sociedad, tan urgido de apoyo, tan necesitado de supervivencia, que lo acecha de manera inmisericorde y lo coloca al borde del precipicio, como sucedió al exigir una reforma que no tiene que ver nada con la educación y si con medidas que faciliten aún más la mercantilización del sector educativo.

Tal indefensión de Peña Nieto la facilitó él mismo al llegar a Los Pinos bajo el cobijo de la cúpula oligárquica, comprometido con ésta hasta la médula de los huesos desde que fue gobernador del estado de México. Que no tiene para donde hacerse lo demuestra la promulgación de una ley anticorrupción que deja intocada la corrupción, porque así lo exigió esa élite. La única salida a la crisis en que sobrevive el régimen neoliberal, paradójicamente, es facilitar un cambio de régimen sin que el país quede reducido a escombros.

Fort Ad Pays





Enlace México

No hay comentarios:

Publicar un comentario