domingo, 26 de junio de 2016

¡Sobre advertencia no hay engaño! Relación México-E.E.U.U

El fenómeno Donald Trump, no es de generación espontanea. Los Estados Unidos de Norteamérica, lo traen en su ADN. Desde su nacimiento, generado por una inmigración amplia y variada de países europeos que habían estado en guerras continuas por territorios y dominios, como por asentimientos y disentimientos con las exigencias morales y políticas con la Iglesia (y con el papado), al llegar al nuevo Continente se asentaron en colonias extinguiendo a sus originales habitantes.

Se desenvolvieron y, ausentes de toda autoridad, aplicaron la ley del más fuerte para apropiarse de todo lo que se les atravesaba. Se acogieron fácilmente al “calvinismo”, para acatar la tesis del predeterminismo-destino manifiesto y, asumirse, como elegidos para generar un capitalismo no solo económico, sino filosófico individualista y dogmatico dentro del supuesto equilibrio de la mano invisible.

Es cierto que ésta inercia se ha topado continuamente con reclamos hacia dentro de la misma ciudadanía norteamericana que, no pocas veces, la ha cuestionado pero, la tendencia en cuanto al rumbo de la política internacional se despliega bajo diversas formas hacia el mismo predeterminismo colectivo para ser el centro del orden mundial. La propia doctrina Monroe que está institucionalizada “América para los americanos” (1823) no significa sino que, en el Continente, no haya más que una sola voz de mando que se ha apropiado hasta del nombre del mismo, para reforzar su posición.

El racismo anglosajón que como sabemos prevalece en Europa a pesar de las experiencias terribles de las guerras, sobre todo la última conocida como “segunda guerra mundial” que inspiró a Adolfo Hitler, es todavía el motor de muchas posiciones políticas actuales en Estado Unidos como lo demuestra Trump. El desprecio hacia otras razas o mestizajes aflora continuamente, su propia experiencia nacional de haber importado esclavos negros para construir su imperio, es muestra irrefutable de esa concepción innata de la mentalidad de los padres fundadores de la Unión.

A diferencia de México en el que la Independencia se genera como un grito de demanda de igualdad y que el primer acto oficial independiente pleno, en Guadalajara, fue la abolición de la esclavitud y el reconocimiento de la dignidad de todo ser humano, en los Estados Unidos el detonador de su independencia lo había sido exclusivamente el exceso de cargas impositivas y prohibiciones comerciales a las que lo sometía la metrópoli Inglesa. Gracias a la influencia francesa llegaron a consignar en sus actas los derechos del ciudadano, pero dejaron intacta su inspiración dominante sobre otros países como mandato divino, haciéndolo compatible con la licitud del sistema esclavista.

Se han venido a actualizar estas reflexiones para tratar de explicarnos lo que llaman “locura Trump” que, en realidad, es solo el rescate de una idiosincrasia histórica. Ello queda en evidencia con la exposición de caricaturas que fueron publicadas en Estados Unidos sobre la Revolución Mexicana de 1910, que se exhiben actualmente en el Museo del Monumento a la Revolución. En estas se revela la mentalidad norteamericana sobre el desprecio más exacerbado a lo que fue el movimiento revolucionario que si bien, ciertamente fue cruento, su móvil fue la defensa de una sociedad más justa, equitativa y regida por principios jurídicos para someter al poder, a la decisión democrática del pueblo.

Lo que inmediatamente me sugirió el ver esas caricaturas y comentarios periodísticos norteamericanos de principios del siglo XX, fue: ¿qué calificativo hubiera merecido para nosotros los mexicanos la guerra de Secesión (de 1861-1865) en la Unión Norteamérica?, cuando el objetivo para la participación militar de los estados del sur,( por lo que justificaron separarse de sus compatriotas del norte), era el mantenimiento de la “legalidad” de la esclavitud es decir, el derecho a tener un ser humano como cosa al servicio de un dueño al que le está produciendo riqueza y comodidad, en un país que se jacta de ser el ejemplo civilizado del mundo.

Nuestra Revolución concluyó en 1917 con la promulgación de una nueva constitución avanzada que consagra derechos sociales y condena tajantemente la discriminación. Su guerra de Secesión concluye con pactos anodinos donde el sur mantiene la esclavitud disfrazada de apartheid y todavía se sostiene, en los hechos pese a las reformas de Kennedy, que han quedado en un deseo y esperanza de los mejores norteamericanos pero que, finalmente, en la práctica se rigen erigiendo muros para la inmigración, aunque también abriendo puentes para la llegada de la droga a su juventud.

Como no recordar la ominosa invasión a México para arrebatarnos la mitad del territorio con el pretexto baladí de que nuestro ejército había violado la frontera con Texas, después de que la habían adherido a sus estrellas. La entrega de la Florida por el último Virrey de España y la compra de Luisiana a Francia, no les basto para extender su imperio, necesitaban California, Arizona, Texas, Nuevo México y lo lograron con la ocupación bélica en los momentos en que nuestro país sufría la peor inestabilidad política.

El maniqueísmo gringo llega al extremo de desvalorar todo lo que otros países han logrado con esfuerzo integrando a sus razas autóctonas con inmigrantes, respondiendo así a una vocación humanista. La línea Trump recoge lo peor de su pasado creyendo que para el progreso se vale todo, incluso aprovecharse de otros, para después despreciarlos y marginarlos dentro y fuera de su territorio.

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