lunes, 6 de junio de 2016

La retórica, el arte de persuadir

En la Antigüedad clásica el arte de persuadir, de adornar el habla, eran los objetivos retóricos. Estos principios son una parte de lo que se entiende hoy por saber hablar en público. Los recursos retóricos son habilidades de argumentación que se manifiestan en cualquier acto de habla.

La función persuasiva es el motor fundamental del que habla. Así, saber hablar es ser consciente de una serie de mecanismos y tácticas lingüísticas, con el objeto de persuadir a nuestro interlocutor. Para ello es imprescindible llegar a adquirir esas habilidades comunicativas y tener en cuenta una serie de factores.

La situación

El respeto a las normas gramaticales tiene que ir acompañado de un ajuste de lo hablado al contexto en el que tiene lugar la comunicación, así como la situación en general: el saber compartido, el entorno socio-cultural, los géneros y tipos discursivos.

Estas características situacionales pueden incidir en el modo y manera de organizar el contenido, en la estructuración de las ideas, en la elección de un registro más o menos formal.

Escuchar es una palabra clave del saber hablar. Cualquier discurso es eficaz si llega al público, si las estrategias utilizadas son capaces de mantener el interés. Es preciso, pues, estar atento a las reacciones de nuestros interlocutores. Las características de estos determinarán el estilo discursivo y comunicativo.

La claridad

La “invención” o inventio, de la que habla la retórica consiste en la recopilación de los contenidos de los que se va a hablar. Estos tienen que mostrar la intención del hablante, ya sea en el discurso de carácter expositivo, argumentativo o emocional.

El tema y los contenidos tienen que tener en cuenta las expectativas e intenciones del público, los posibles efectos, las reacciones de adhesión y las contrarias.

Muchas veces, la atención de los oyentes depende, no tanto de los temas, como de la virtud de los oradores.

Cicerón afirma (“El orador”): “Será elocuente aquel que en las causas forenses y civiles hable de forma que pruebe, agrade y convenza: probar en aras de la necesidad; agradar en aras de la belleza; y convencer en aras de la victoria”.

Junto al contenido o idea principal recogeremos otras ideas complementarias. Estas explican, añaden, matizan para la mejor comprensión del discurso. Hay que pensar también en ejemplos y anécdotas para reforzar la argumentación y romper con la monotonía.

La organización

Las ideas han de presentarse de un modo ordenado, conectadas entre sí como un todo organizado jerárquicamente, donde las partes se relacionan entre ellas. La ordenación de un discurso responde a la división clásica: inicio (donde se fijan los objetivos), nudo (donde se desarrollan los contenidos) y desenlace (síntesis o conclusión de lo anterior).

La estructuración del contenido debe ir acompañada de la fluidez articulatoria y la buena pronunciación, combinada, a su vez, con el tono, la entonación, el ritmo y la melodía. Y una de las claves del éxito es la naturalidad. Hay que huir de la monotonía, imprimir el ritmo y la velocidad oportuna en cada momento.

La retórica puede ser considerada como una disciplina que establece las reglas para componer y ejecutar el discurso ante el público. El orador, además de poseer un amplio abanico de saberes, debe enseñar y deleitar. Y sobre todo, buscar la verdad.

Ya Platón criticaba a aquéllos (los sofistas) que solo buscaban la apariencia, la intención de ganarse a los oyentes a base de la adulación y la satisfacción causada por la belleza del discurso. A este respecto Catón nos dice: “el orador es un hombre bueno adiestrado en el hablar”.

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