martes, 21 de junio de 2016

El "biperiodismo" y la manipulación informativa

El escritor estadounidense Philip K. Dick afirmaba que el instrumento más preciso para la manipulación de la realidad, es la manipulación de las palabras: si se puede controlar el significado de las palabras, se puede controlar a la gente que las utiliza.

Fiel practicante (o no) de esta técnica, el biperiodismo tiende a encumbrar ciertos acontecimientos, ocultar o minimizar otros y, de manera sistemática, a practicar el nada honorable hábito de inflar o desinflar los hechos siguiendo un guión perfectamente calculado. Todo ello del modo que más beneficie las siglas políticas a las que apoya por motivos tan poco ortodoxos como, para este fin, son los intereses económicos o comerciales.

La realidad informativa al gusto del consumidor

Observar la realidad política, social o económica al gusto de cada cual, es el camino más corto para estar desinformado o, al menos, inadecuadamente informado. Es probable que esta situación no sea más que el resultado de la fuerte bipolarización política de la sociedad española, lo cierto es que a poco que uno se esfuerce, los distintos medios podrán regalarnos los oídos del modo que más se adapte a nuestras inclinaciones políticas.

Sin embargo y como se ha citado anteriormente, esta situación conlleva ciertas -llamémoslas así- contraprestaciones. A menudo, el precio que hay que pagar por la información manufacturada a medida, es el de la desinformación. Distorsionar la realidad a través de la tergiversación y el sesgo, cuando no, haciendo uso de flagrante falsedad hasta el punto de pretender que la realidad es tal y como se muestra, es lo que, a grosso modo, llamamos manipulación. El biperiodismo y la manipulación vienen manteniendo un largo y apasionado romance, que en la práctica se traduce en una ausencia clamorosa de rigor informativo.

Los motivos que impulsan este comportamiento no son nada originales, por cierto. Básicamente se trata de atraer la opinión pública hacia el lado que más beneficie los intereses de un determinado colectivo, corporación o grupo de poder, bien político, económico, o ambas cosas a la vez. La influencia de estos grupos en los medios de comunicación es muy relevante, unas veces por tratarse directamente de imperios mediáticos con intereses económicos bien definidos; otras, porque los poderes públicos con independencia del Gobierno que los sustente, poseen un ascendiente directo sobre determinados medios y por diversas razones, ninguna de las cuales respondería al más elemental código deontológico. En definitiva, estas prácticas lo que intentan es crear una corriente de opinión mediante el uso de distintas técnicas orientadas a controlar el criterio sobre unos hechos concretos, cuya exposición pública -carente de ese filtro- podría perjudicar notablemente los intereses de quienes precisamente pretenden maquillar la realidad.

Las estrategias de la manipulación

Las citadas técnicas se basan en estrategias de manipulación social que recurrentemente practican algunos Gobiernos y medios afines que respaldan esas políticas. De igual modo pero en sentido contrario, lo practican las formaciones políticas de la oposición y los medios que los apoyan, quienes, si es necesario, tampoco dudarán en extraer de su chistera cuantas pruebas sean necesarias para tratar de ridiculizar o poner en entredicho la eficacia de las medidas. Entre estas estrategias, cabe destacar aquellas que, debido a su proliferación, constituyen un lamentable referente de ciertas cadenas de radio, prensa escrita y canales de televisión.

En primer lugar, citaremos la llamada estrategia de la distracción, consistente en llamar la atención sobre acontecimientos bien alejados de los problemas más acuciantes, que debido a su relevancia e incidencia directa en la sociedad, ocupan y preocupan a la mayoría de la población.

En segundo lugar hablaremos de la estrategia de la progresión gradual, cuya finalidad consiste en el acatamiento de determinadas directivas, las cuales, por muy duras o inaceptables que sean, se aplican lentamente; de manera progresiva, de modo que, finalmente, se alcancen los objetivos fijados con la seguridad de que esos cambios no sean percibidos de manera dramática por la sociedad, aunque de hecho hayan sido escrupulosamente llevados a cabo.

En tercer lugar destacaremos la estrategia emocional, en virtud de la cual se logra -o se intenta- colapsar el análisis racional de los acontecimientos por parte del receptor, anulando su capacidad de crítica mediante la prevalencia de sentimientos o emociones sobre los aspectos estrictamente racionales de la información.

En cuarto y último lugar citaremos la estrategia de la reacción-solución, consistente en el diseño de conflictos o problemas de diversa naturaleza con la intención de reclamar la máxima atención y la demanda social de soluciones inmediatas que, naturalmente, son ofrecidas a continuación, aunque ello comporte -¡qué casualidad!- ciertos recortes, sacrificios o mermas de los derechos sociales, que frecuentemente terminarán por ser aceptados por la ciudadanía como un mal necesario.

En una sociedad globalizada, donde con frecuencia la saturación informativa llega a ser asfixiante, es imprescindible contrastar toda la información que cae en nuestras manos. La misma noticia, leída, escuchada o visualizada en según qué medios, a menudo resulta asombrosamente distinta, hasta el punto de poder hacer creer al receptor de la información la existencia de universos paralelos, cuando no, la existencia real de los mundos de Yupi.

Concluyamos, no obstante, con una reflexión de Abraham Lincoln tan positiva, como en cierto modo esperanzadora:
“Se puede engañar a todos en alguna ocasión, se puede engañar a muchos durante algún tiempo, pero no se puede engañar siempre a todo el mundo”.
Escuela Superior De PNL




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